Espacio para reflexionar sobre la vida en sociedad.

Lo que aprendimos ayer de un capitán navarro olvidado

 Ayer lunes volvimos a tener a Josean Beloqui en Euskal Politik, presentando su nuevo libro «Capitanes del Reino: La redención del mercenario»   y hoy sigo dándole vueltas a una pregunta que lanzó casi al final de su presentación: 

¿qué llevó a cien personas a encerrarse en Amaiur en 1522?


No eran nobles, salvo siete. El resto eran gente de oficios corrientes llegada de Tudela, de Cadreita, de Sangüesa, de Pamplona o de Donibane Garazi. Sabían que tenían todas las de perder. Muchos de los reyes a los que habían jurado lealtad ya habían muerto. Y aun así se quedaron.




Josean contó que, mientras escribía, le venía a la cabeza aquella escena de 300 en la que se pregunta a los soldados por su oficio y responden alfarero, herrero, escultor. Me pareció una buena imagen. La historia la suelen protagonizar reyes, papas y cardenales, pero hay momentos en que la sostiene gente cuyo nombre apenas ha llegado hasta nosotros.


El hijo segundón


El hilo de sus dos novelas es Jaime Vélaz de Medrano, un personaje del que sabemos poco pero que aparece en casi todos los momentos importantes de aquellos años. Escudero en 1495, escolta del rey Juan en su viaje a Sevilla, capitán de la Santa Hermandad en 1507, defensor de Estella en 1512, presente en Noáin, superviviente de Isaba y, finalmente, alcaide de Amaiur.


Era un hijo segundón, de los que estaban destinados al ejército o a la Iglesia. Tuvo mil ocasiones de cambiar de bando y de vivir tranquilo y bien pagado. No lo hizo. Josean cree, y yo comparto la intuición, que ahí ya asoma algo que va más allá de la lealtad a unas personas concretas: una idea de comunidad, de reino propio, que no podemos llamar nación en el sentido del XIX pero que tampoco es solo fidelidad feudal.


Épica, sí, pero con los pies en el suelo


En la tertulia salió un tema que me toca de cerca: la necesidad de épica. Los escoceses tienen a William Wallace, los irlandeses a Michael Collins. Los vascos también tenemos referentes, pero los hemos contado poco.


Lo que más me gustó de la respuesta de Josean fue el matiz. La épica hace falta, dijo, pero no se puede construir sobre lo que no ocurrió. Cuando convertimos en heroína a quien no lo fue, dejamos el flanco abierto para que nos desacrediten a todos, incluidos los que sí se jugaron la vida. Puso el ejemplo de Ana de Velasco y el de los Borbones, cuyo primer trono fue precisamente el navarro. Contar lo bonito y lo feo. Eso da credibilidad.


La historia rima


Otra frase suya me acompañó toda la noche: la historia no se repite, pero rima. Entre 1498 y 1508, en apenas diez años, Europa pudo haber tomado cualquier dirección. Una muerte inesperada, una batalla perdida, un heredero que no sobrevive. Nada estaba escrito, y cuando alguien me habla de destinos históricos inevitables me acuerdo de esos diez años.


Si os apetece escuchar a alguien que disfruta contando historia, os recomiendo el episodio. Además se pueden ver los mapas que ha recreado de las capitales navarras de la época, que en el libro aparecen en blanco y negro.

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Y si os gusta la lectura, ya sabéis: compradle el libro o pedidlo en vuestra biblioteca. Detrás hay años de trabajo.

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